A lo largo de varios lustros hemos sido testigos de la utilización de América latina, como punto geoestratégico y político, en pugnas ajenas de la potencias del momento, la seguridad transnacional ha sido el caballo de batalla presente en las guerras mundiales y en el transcurso de la guerra fría.
La imposición de enemistades y la bipolarización se vio reflejada en las medidas impuestas, durante las primeras décadas del siglo XX, América Latina, fue objeto de ocupación territorial norteamericana, principalmente en México, quien siguió sufriendo las intervenciones e invasiones norteamericanas durante toda la década, no sería sino hasta 1929, con el rearme de Alemania y el nacimiento del nuevo partido Nacional Revolucionario Mexicano, que el territorio Azteca, asumiría una nueva posición de riesgo para Norteamérica.
Aspecto claramente percibido por el Presidente Franklin D. Roosevelt, para quien “Era preferible aceptar el trago amargo de la expropiación y nacionalización y seguir pregonando la política de Buena Vecindad hacia México, para garantizar la llamada seguridad hemisférica”[1].
La segunda guerra, por su parte solicitaría la retribución de la “generosidad” militar norteamericana, Pearl Harbour, fue el punto de no retorno, que demostró, la completa subyugación de un continente, por la potencia del Norte. Uno a uno Los Estados americanos, fueron entrando a la guerra de manera directa, México con los hundimientos de los Buques faja de Oro y potrero del llano y Brasil participaron desde 1942, Colombia y Bolivia en 1943, Ecuador, Paraguay, Perú y Uruguay, lo harían en 1945, y posteriormente con algunas resistencias Chile y Argentina.
La asunción de la Unión Soviética y Norteamérica como nuevos referentes hegemónicos, luego de la debacle nacionalsocialista, permitió una nueva división del tablero mundial, donde América también, jugó un papel de peón, ahora el peligro comunista era la excusa necesaria y suficiente, para la manipulación.
De manera que en un discurso conveniente, se centro la política de los Estados Unidos en “apoyar a los pueblos libres que luchen contra el yugo que se pretende imponerles mediante la acción de minorías armadas o por presiones exteriores”[2]. La llamada política de contención pretendió frenar el impulso soviético en Japón, Europa y América Latina, esta última con la que además dotó la injerencia, de barniz institucional. La OEA, creada durante los inicios de la violencia partidista colombiana, se convirtió en el organismo internacional que bloqueó de todo lo que no simpatizara con las ideas capitalistas. La guerra sería librada en otros campos.
Lo que permitió la consolidación de la política de Seguridad Nacional norteamericana, culminando con la firma de la Carta de Punta del Este, que instituyó las directivas de la política económica y social de Kennedy: La Alianza para el Progreso.
Ahora, en un nuevo siglo, pocas cosas han cambiado, los ataques de septiembre 11 de 2001, han permitido, evidenciar, que América latina no ha modificado su posición de instrumento, de ficha, en el juego por el poder y el dinero, donde el terrorismo ha sido el nuevo rótulo, que ahora se enmarca como lucha mundial, trasnacional, basta ver los temas de las cumbres de las Américas para comprobarlo. Para Estados Unidos “esto marca la asunción de una función como si se tratara de un destino, el de vigilar, civilizar, arrancar de la tierra, las riquezas que los países del sur, desordenados, no saben explotar.”[3]
Los cubrimientos mediáticos impiden a los ciudadanos ver la nula importancia de sus Estados latinoamericanos en la toma de decisiones finales, en un organismo de corte hegemónico.
UNASUR, ahora, pretende configurar una nueva estrategia de integración, mucho más simétrica. Aún guardamos la esperanza de que la agenda no sea manejada por los intereses de lucha contra el narcotráfico y el rótulo de “amenazas terroristas”, de acuerdo a parámetros impuestos, y no concertados. Ansiamos que de manera informada y concienzuda, se determinen los nuevos ejes de discusión, basados en la real situación del hemisferio, donde más que el consumo, o el tráfico, el origen de la delincuencia se encuentra en la pobreza, el analfabetismo y el abandono al que están sumidos los ciudadanos.
[1] Benítez Manaut Raúl México 1920-1945. La expropiación petrolera y la reinserción de México al
sistema internacional. Revista Historia Crítica No 04. Julio-Diciembre 1990. Páginas 47-56.
[2] Discurso del presidente norteamericano Harry Truman al Congreso norteamericano el 12 de marzo de 1947. En Gaddis, John Lewis. Estados Unidos y los orígenes de la Guerra Fría (1941-1947). Grupo Editor Latinoamericano (GEL). 1989. Pág. 401.
[3] L. Zea. Dialéctica de la Conciencia Americana. Alianza Editorial Mexicana. 1976. pág. 113. Citado en Campra Rosalba. América Latina, La identidad y la Máscara. 2ª Ed. Siglo veintiuno Editores. México 1987 Pág.16.
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