El hombre tiende a establecer íconos, arquetipos, objetos de adoración. Desde los mitos religiosos como el génesis, hasta los mitos civiles del Poder Constituyente, el orden, la completitud de la ley, la Constitución se erige como el nuevo Dios que legitima de una manera trascendente las acciones de los mortales, los mitos perduran, sin embargo con ellos se perpetúan los errores del pasado, los barnices no son suficientes y la sacralización de las Instituciones conlleva a la rigidez y al estancamiento.
Con la proclamación de la Carta Constitucional vigente, se pensó en la total y definitiva solución a los dilemas que azotaron por siglos nuestra patria Colombiana, entonces, fue erigida como el tótem salvador, como el producto de la labor discursiva y participativa de todos los sectores sociales , un acuerdo de paz y prosperidad, debe reconocerse la labor “constituyente” al consagrar una amplia carta de derechos desde los llamados fundamentales de corte liberal hasta los económicos, sociales, culturales y ambientales, dotándolos además de mecanismos de protección, la escisión en los conceptos de parte dogmática y orgánica, abolidos, así como la remisión expresa a normativas internacionales integrándolas al texto constitucional son destacables, pero no por ello deben ser argumentos de idealización de la Carta Política.
Ya que precisamente ese sentimiento popular de perfectibilidad ha permitido que gobiernos de turno manipulen el Tótem a su parecer, que lo tornen autoritario, populista, neoliberal, de acuerdo a las coyunturas; 29 reformas Constitucionales inconexas dan cuenta de ello, pues todo un aparato institucional cavilado por supuestos consensos según el gusto del gobierno de turno se desploma, así, La Constitución se vuelve entonces en instrumento de legitimación de supuesta aceptación general. Se troca en agua purificadora, en la deidad de los antiguos.
Oscar Mejía lo pone en estos términos: “la Constitución del 91 de convirtió en un recurso ideológico de las élites para justificar un nuevo esquema de dominación que ofrecía, en lugar de la paz, una democracia participativa sin la participación de los actores disidentes y un estado social sin los sectores sociales que reclamaban la inclusión.”[1]
Para citar un ejemplo, en ese consenso “armónico” y “holístico”, la presencia de las mujeres fue insuficiente y se creyó que con su inclusión vaga se daba plena garantía a sus derechos como ciudadanas, el concepto de igualdad se estancó en la igualdad formal, ante la ley, sin consideraciones de razas o géneros.
La comprensión de la división territorial, partiendo de criterios de homogenización, evidenció la carencia de actores de todos los puntos del territorio; la dualidad de competencias entre los diferentes entes territoriales en materias de Vías, agricultura, medio Ambiente y Vivienda; la inexistencia real de los departamentos como mediadores entre la Nación y los Municipios, desarticulan el ordenamiento territorial eso sí duplicando los gastos y la irresponsabilidad.
Así mismo, la cultura de la recepción[2] o mejor dicho la implantación de figuras e instituciones jurídicas ajenas. Han sido otra causa del declive y la desconfianza institucional. Desde el esquema de presidencialismo monocéfalo e hipertrofiado del sistema norteamericano, hasta el congreso bicameral, y la figura de la moción de censura descontextualizada como rueda suelta tomada sistema parlamentario y despojado de la cuestión de confianza y la disolución del parlamento fundamentales en la arquitectura constitucional para el equilibrio y control del poder, el modelo de bancadas sin disciplina de partido, la iniciativa legislativa extensa del ejecutivo, la potestad de postulación de candidatos para la Fiscalía, la procuraduría, la Defensoría del pueblo, y la injerencia en las elecciones de contralor y auditor, la designación de cinco de los siete miembros de la Junta Directiva Del Banco de la República, así como la politización del Consejo Nacional Electoral y la Sala disciplinaria del Consejo Superior de la Judicatura,[3] son muestras de los muchos vicios que conforman el esquema institucional colombiano.
Ahora con la elevación del concepto de sostenibilidad presupuestal a categoría de principio Constitucional se da la estocada final a la Constitución que nació como el paradigma de trascendencia, de garantía de derechos, de eternidad, el mito se desvanece ante los antojos, apetencias e intereses de unos cuantos. “¿Qué ha sido de Dios?» Fulminándolos con la mirada agregó: «Os lo voy a decir. Lo hemos matado. Vosotros y yo lo hemos matado. Hemos dejado esta tierra sin su sol, sin su orden, sin quién pueda conducirla... ¿Hemos vaciado el mar? Vagamos como a través de una nada infinita». Y en tono interrogativo y con énfasis prosiguió afirmando que nos roza el soplo del vacío, que la noche se hace más noche y más profunda, y que se torna indispensable encender linternas en pleno día.”[4].
[1] MEJÍA QUINTANA Oscar Eduardo. El origen constituyente de la crisis política en Colombia: La filosofía política y las falacias de la constitución" La Crisis Política Colombiana. Más Que Un Conflicto Armado Y Un Proceso De Paz. En: Colombia ISBN: 958-695-114-6 ed: Ediciones Uniandes. 2003, v.1, p.143 – 160.
[2] CIURO CALDANI, Miguel Ángel, “Originalidad y recepción en el derecho". Boletín del Centro de Investigaciones de Filosofía Jurídica y Filosofía Social. Universidad Nacional De Rosario, Argentina. N° 9 Pág. 33 y s.s.
[3] Ver los inconvenientes de la Relación: Poder Judicial, Organización Judicial y Poder Político en Entrevista a Germán Castro Caicedo. Revista Semana. 04/27/2011. Consultada el 30 de mayo de 2011.
[4] NIETZSCHE Friedrich. La Gaya Ciencia. Mardomingo Sierra, José Carlos, (tr.) Editorial Edaf, Aforismo N. 125.
Comentarios
Publicar un comentario