Tal como lo anticipábamos, la tan criticada y vilipendiada reforma a la justicia colombiana, discutida por amplios sectores, en especial por la academia y finalmente declarada como “non grata” por multitudes de ciudadanos, fue aprobada por nuestros “honorabilísimos” representantes, la dictadura de las mayorías manipuladas por los intereses personales y la hipocresía burocrática, hizo de las suyas, una vez más, la democracia y el debate cedieron ante el cinismo, la Constitución fue de nuevo vulnerada, la Carta Política que una vez fue la esperanza de la paz y el progreso, se convirtió en instrumento de impunidad. No importaron los “estrictos” requisitos necesarios para proferir un acto constitucional reformatorio de esta naturaleza: ocho debates, una legislatura, nada, nada importa, cuando nuestros “representantes” son títeres de conveniencia.
La tan anunciada reforma eso sí buscó atar con prebendas a las máximas cortes, los únicos que por ahora pueden hacerla tambalear, esperamos, que no cedan a las presiones y su majestad jurisdiccional prime sobre sus egoísmos, los ciudadanos por nuestra parte manifestamos indignación y corroboramos una vez más la caducidad de un sistema de elección permeado por los gamonalismos y el tráfico de influencias, en suma por la atadura de la libertad de sufragio y pensamiento.
Tristeza y vergüenza solamente son los sentimientos generalizados de un pueblo que se opone a una modificación que borra de un plumazo todos los avances de uno de los más admirados sistemas constitucionales iberoamericanos, la tan inveterada separación de poderes, el equilibrio de cargas, la democracia como expresión de la voluntad del pueblo, con esta reforma, todo esto quedará en el ayer, solamente presente en los vetustos libros de teoría del Estado, para hacernos ver lo que pudo ser y no fue.
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